miércoles, 14 de julio de 2010

EL PERSONALISMO DE ENMANUEL MOUNIER



El personalismo de E.Mounier.Publicado en la revista Arbil,nº 61. http://www.arbil.org/(61)calv.htm

Antonio Calvo. Instituto Emmanuel Mounier. Zaragoza

Mounier nace en Grenoble en el año 1905, en el seno de una familia católica, pero sin dogmatismos; leen bastante y discuten. Su padre es farmacéutico, pero no gana lo suficiente para poder comprar la farmacia donde trabaja, gana lo justo para mantener a la familia y tiene frágil la salud. Tiene una hermana, mayor que él, Madeleine que, años después, será su confidente. Contra la opinión de sus padres, que querían que estudiara medicina, estudia filosofía con Jacques Chevalier y prepara la cátedra de filosofía de instituto, que consigue a los 23 años. Sin embargo, abandona pronto esta prometedora carrera universitaria.

Cuando renuncia a su puesto de profesor de filosofía en la Universidad pronuncia estas palabras: "Pero, ¿cómo ceñirse a una confrontación teórica, cuando el Cristo sigue mutilado o esclavizado en tres cuartas partes de la humanidad? Hay que lograr el equilibrio entre la teoría y la práxis, al menos, mientras toda la humanidad no tenga satisfechas las necesidades vitales."

E. Mounier fue el fundador y el alma de la revista y del movimiento Esprit (1932), el mejor foro de debate entre humanistas creyentes y humanistas increyentes habido alguna vez en la historia de Europa. Al fundar Esprit Mounier abandona una prometedora carrera universitaria y se compromete en la creación de un movimiento. Su gran fuerza consistió en haber ligado, en 1932, originalmente su manera de filosofar con la toma de conciencia de una crisis de civilización y en haberse atrevido a proyectar, más allá de toda filosofía de escuela, una nueva civilización en su totalidad.

Mounier vivió pocos años (1905-1950), los suficientes, sin embargo, para vivir dos guerras mundiales y los fascismos, y comprender que tanto unas como otros son tristes lacras de un hombre insolidario que, mediante el sistema capitalista, introduce en la tierra un mal vergonzante. Frente a la extrema inhumanidad del mal sólo cabe un humanismo cálido y lúcido trabajando por la justicia. El anarquismo y el marxismo aportaban valores parciales, que Mounier asumió, pero, no se adscribió a ninguno de estos dos modos políticos. Tenía una convicción previa por la que había optado: una transformación radical comienza por el cambio del corazón. Precisamente porque hacemos el mal voluntariamente, la revolución será espiritual o no será; pero, a su vez, será estructural, económica y política, o no será.

Se trataba de un nuevo proyecto de civilización. Rehacer el Renacimiento, recuperar el gran proyecto de 1789 bajo el lema "Libertad, Igualdad, Fraternidad"; en aquel pasado alentaba un porvenir mejor.

Para rehacer la historia, construir una nueva civilización había que asumir plenamente el presente, tomando el acontecimiento como maestro interior. Acontecimientos sólo se dan para las personas. Con las cosas no hay relación de encuentro, sino con aquello que nos ayuda a crear vínculos fraternos, iguales y libres. El "acontecimiento" implica búsqueda y proyecto cuando se quiere vivir a la altura de la dignidad humana.

Apuesta por la pobreza. "Me mantendré en la obra comenzada en Esprit hasta la misma miseria". Sólo así podrá luchar el intelectual junto a los oprimidos y los humillados. La base de la acción y del pensamiento de Mounier es el misterio cristiano de la pobreza, un misterio primeramente vivido, incorporado, antes que ensanchado en una visión general del hombre y de la comunidad. De esta paradoja evangélica de la humildad glorificada, él hace un fermento revolucionario. "En este mundo inerte, indiferente, inquebrantable, la santidad es en lo sucesivo la única política válida, y la inteligencia, para acompañarla, debe conservar la pureza del relámpago".

Todo en él es de origen cristiano. Su esfuerzo es instaurar un razonamiento sobre la persona que sea común a los creyentes y a los no creyentes. Se trata de reintegrar la moral al ser y a una manera de ser. Pero, el ser lo halla quien se desposee. "El escándalo reinará en el mundo mientras la masa de los cristianos no pueda combatir sin reservas juntamente con la masa de los pobres y oprimidos", pero sin hacer del cristianismo una ideología de la liberación temporal.

Su objetivo nunca será hacer libros, sino hacer hombres. Nada de amueblar ocios, se trata de comprometer vidas. El aprendizaje del abandono es el camino de la realización auténtica. La desapropiación, ejercicio místico, llega a ser para él, el dato central de la acción. Los enemigos están identificados: la tiranía del dinero, el envilecimiento por la propiedad, la desgracia de la costumbre, la mediocridad burguesa y la estéril pretensión del saber.

Después del crak de 1929 derecha e izquierda machaconean sus viejas querellas. Mounier tiene la intuición de que esa sacudida es el fin de un mundo y de que reclama una resurrección, que es necesario oponer a esa civilización un proyecto global y nuevo. Durante siglos de dominación burguesa, el racionalismo, el individualismo, y el dinero han abismado al hombre, le han disociado de la naturaleza, de la comunidad y de sí mismo. No hay solución parcial; es necesario empezarlo todo de nuevo, a una luz nueva. La respuesta a la crisis es un discurso completo sobre el hombre y la civilización.

Contra el desorden establecido.

Hay un orden aparente que encubre un desorden establecido.

En nombre de lo espiritual ataca el desorden establecido y, en primer lugar, el capitalismo, "principal agente de opresión de la persona humana en el seno de la historia". La condena del capitalismo por Mounier es total, porque es metafísica. El capitalismo ha envilecido al hombre en la mediocridad del dinero. El mundo del dinero, pasadas las primeras aventuras, es el mundo de la facilidad. Conduce infaliblemente a la decadencia de la posesión. El mundo del pobre es la otra cara de la moneda.

En estas condiciones crece el burgués. El hombre que logra lo fácil a costa de los otros. El burguesismo es el reino del egoísmo social. Un estilo descendente, un movimiento de degradación. El burgués es el hombre que ha perdido el amor, que no arriesga por los demás, que los explota y se empobrece a sí mismo al no poder amar. Por eso busca el goce egoísta, la individualización, el quedarse con alguien que le sirva para sus propósitos, para extraer de él algo sin dar nada.

La burguesía es la metafísica de la soledad. Nadie está más solo que quien tiene a los demás por meros objetos, y quien compra y vende a los demás con dinero.

La persona, en cambio, es la metafísica de la comunidad. Una comunidad es una persona de personas. El papel del personalismo es el de reencontrar la verdadera noción del hombre: dar un sentido a la persona, más allá de los errores individualistas o colectivistas.

Trabajamos para edificar las bases de la comunidad integral y de la vida autentica. Esto exige la coherencia personal. "Ante todo es necesario dar testimonio de nuestra ruptura con el desorden establecido. Pero, una toma de conciencia que no diera por resultado una toma de posición; un cambio de vida y no sólo de pensamiento, sería una nueva traición a lo espiritual". La primera tarea, por tanto, será: "hacer revolucionarios a los espirituales", es decir, arrancarles del individualismo y de la abstención en que se complacen, obligarlos a rupturas y a compromisos políticos.

La segunda tarea completa la primera: "hacer espirituales a los revolucionarios", es decir, abrirlos a los valores sin los cuales la revolución cae de nuevo en opresión colectiva.

Construir pacientemente una síntesis de civilización, educar para el mañana... pero también mantenerse disponible para el acontecimiento, comprometerse cuando la historia lo reclama, son las dos caras de un proyecto único.

"El hombre concreto es el hombre que se da". Tan pronto como se admite este aserto, desaparece el conflicto entre el individualismo y el colectivismo en provecho de un desarrollo mutuo: el amor hace existir a cada uno en particular y a todos juntos. 'Estamos en contra de la filosofía del yo, y a favor de la filosofía del nosotros", "El nosotros en una manera de pensar y de pronunciar la primera persona". "Sabemos que el amor no echa cuentas, que no es un notario, y que, entre quienes aman, la igualdad vendrá por sí misma. Más que egoísmo es ignorancia el no saber que la primera experiencia del verdadero amor es que el amor multiplica el amor, y que es preciso lanzarlo, desbordarlo alrededor de nosotros".

Su propósito no es pensar, sino salvar. Denuncia la injusticia y la opresión, pero en vez de atribuirlas a malas intenciones ve en ellas la consecuencia de una quiebra del espíritu, que se traduce en la desastrosa evolución de una historia mal encarrilada desde el Renacimiento.

Es una tarea socrática: no separar la búsqueda de la verdad de la condición cotidiana del hombre. Así pues, donde hay que establecer la reflexión es en la historia, en el centro del afán de los hombres y de su esfuerzo de liberación.

Hay que hacer de nuevo el Renacimiento, es decir, reasumir su proyecto unificador e innovador, pero, sin cometer su error, que fue separar al hombre de su medio natural y de sus comunidades. "El espíritu se define por la unión". El joven Mounier vio la vía de solución en el amor cristiano. Pero, el amor no es una estructura, se necesita un punto fijo y radiante a la vez, capaz de dar cuenta de una unidad que no sea ni la del concepto ni la del sentimiento, una unidad que se constituya disponiendo adecuadamente los grados del ser, que proyecte, y reúna las existencias, que se halle en cada individuo y al mismo tiempo los religue a todos. Ese punto focal es la persona. Una necesidad, una tarea y una tensión continuamente creadora. Un dinamismo de la generosidad que, para Mouníer, se apoya en un Dios personal y amoroso, creador de libertades.

La dulzura de la vida privada conduce a un verdadero "suicidio espiritual, una esterilización de la existencia". Sin embargo, la persona se realiza por una serie de actos originales que no tienen equivalente en ningún otro ser del universo: salir de sí; comprender; tomar sobre sí; dar; y se fiel.

La comunidad y las comunidades.

"El mundo moderno es un desplome colectivo, una despersonalización masiva". "La vida de comunidad no nace espontáneamente de la vida de un grupo. Es justamente con mi amigo como yo aprendo el amor a los hombres" (RPC)

Hay sociedades de camaradas; sociedades vitales; sociedades basadas en el contrato. Todos estos modelos de socialización deben ser integrados y rebasados en la única comunidad válida, la que reúne a personas y que Mounier no vacila en llamar "una persona de personas". Un proyecto de sociedad personalista, promueve la unión de las diversidades vivas.

En 1949, en El personalismo, Mounier afirmará más netamente que nunca la naturaleza intrínsecamente social y la vocación comunitaria de la persona, "presencia dirigida hacia el mundo. (...) Las demás personas no la limitan, la hacen ser y crecer. Ella no existe sino hacia el otro. La experiencia primitiva de la persona es la experiencia de la segunda persona. El Tú y, en él, el Nosotros, precede al Yo y le acompaña. (..) Casi se podría decir que yo no existo sino en la medida en que existo para otro, y, en el límite, ser es amar".

La ciudad liberada.

Para Mounier, la vida privada ocupa un lugar central: sin ella no hay comunidad ni verdadera acción. "Un régimen personalista (..} es un régimen que asegura a cada persona, realmente y no por delegación colectiva, su puesto de autonomía y de responsabilidad eficaz en el organismo colectivo, y que no niega a nadie, ni aun a los reticentes sobre el régimen, el mínimo de los derechos de la persona. Democracia no es para nosotros el régimen del número anónimo, ni siquiera la sanción de la unanimidad, sino el reinado de la responsabilidad viva dentro del derecho vivo."

La familia, lugar, con harta frecuencia de una opresión secreta; debe pasar del régimen celular al régimen comunitario; hay que salvarla de la dictadura invisible del espíritu burgués.

La mujer. Hay que arrebatársela al autoritarismo masculino. Después de siglos de relegación, "¿cómo discernir lo que es naturaleza, lo que es artificio, represión o desviación por la historia?". Llamada al despertar de las oprimidas: "A través de este caos de destinos derrumbados, de vidas paralizadas, de fuerzas perdidas, la más rica reserva de la humanidad, sin duda; una reserva de amor para hacer saltar en pedazos la ciudad de los hombres, la ciudad dura, egoísta, avara y mentirosa de los hombres"

El niño. Hay que sustraerlo a la opresión de la familia y del Estado y educarlo audazmente para el diálogo y para la afirmación de sí. Educar no es hacer, sino despertar personas.

La intuición que tiene de la pérdida del hombre en las cosas, la aplica a toda la cultura, a todo un sistema de vida que aprisiona incluso a los que creen impugnarlo. Hay un antagonismo fundamental entre la libertad y el bienestar. Hay que ser doblemente revolucionario, por tanto, primero contra la desgracia y después contra la felicidad. Si no se cambia el corazón de los hombres, y las relaciones entre los hombres, en la aspereza de lo cotidiano, las revoluciones no harán otra cosa que traernos nuevos tiranos.

Libertad y compromiso.

La libertad es dinamismo, fuerza. Es necesario comprender a la libertad en el dinamismo total de la persona. La libertad no es individual, ni mucho menos individualista. La libertad ha de hacerse en comunidad, para todos o para ninguno. No puede hablarse de libertades individuales a costa de libertades colectivas, ni al revés.

La libertad va profundamente unida a la vocación de servicio personalista. Por eso, la lucha por la libertad no conoce fin, es lucha de ruptura, de conquista y de adhesión.

Libertad es además, movimiento hacia la trascendencia: libertad es experiencia de los valores interpersonales hacia el valor transpersonal, que para el cristiano es Dios.

La historia de la libertad se hace en la lucha por la libertad. Es demasiado frecuente una preocupación egoísta de libertad mientras el drama colectivo no se tiene en cuenta.

Ser libre es hacer. No hay libertad en el hombre sino en la realización de un compromiso, y no hay compromiso en el hombre sino en libertad. Toda otra libertad, como todo otro compromiso, lleva a la servidumbre.

Compromiso.

La libertad sí, pero, bajo condiciones. La condición de que haya libertad es que haya personas y sólo hay personas si hay vínculos de amor. Y nadie ama más a su prójimo que el que da la vida por él.

La libertad exige la presencia en la lucha: adsum, estoy presente. No es una libertad de abstención, sino de compromiso.

Revolución espiritual y revolución de estructuras: Mounier las reivindica juntamente. La política, tal como se hace, no tiene realidad: es ese discurso degradado que Peguy oponía a la mística. La opción política buscará más hondo, por tanto, sus puntos de apoyo, y pondrá sus miras en la ciudad considerada en su realidad cotidiana.

Se busca crear las bases de una sociedad en la que la persona pueda realizarse plenamente mediante la educación, la cultura y la mediación de las comunidades liberadas: familia, iglesia, sindicato, movimientos de juventud, etc.

Mounier no se ha dejado encerrar en un neutralismo vago, y la razón esta en que tiene la virtud política del sentido del enemigo. El enemigo al que había resuelto combatir, el dinero-rey, no es una forma abstracta y moralizante, sino una presencia inmediata, política: el capitalismo, del que dijo en 1933: "Jamás tirano alguno dispuso de tan universal poder de triturar a los hombres con la miseria o con la guerra; de un extremo a otro de la tierra, ningún tirano acumuló en el silencio de la normalidad tantas ruinas e injusticias".

A diferencia de tantos cristianos que, en política, olvidan la lucidez paulina, él veía el mal, el mal concreto, la red de intereses y de poderes, tras los discursos moralistas y las ideologías de la buena voluntad. Por eso dice en 1934: "A muchos demócratas cristianos les reprochamos precisamente el no haber... buscado con suficiente grandeza la audaz tradición que les hubiese empujado a la vanguardia, en vez de paralizarlos en las fluctuaciones moderadas hasta hacer de ellas el último v malsonante remolque de la reacción. Hay más aún. Nunca se denunciará lo bastante la mentira democrática en régimen capitalista. La libertad capitalista ha entregado la democracia liberal, utilizando sus fórmulas mismas y las armas que ella le daba, a la _oligarquía de los ricos (oligarquía de poder y de clase); después, en la última etapa, a un estatismo controlado por la gran banca y la gran industria, que se han apoderado, no solamente de los mandos ocultos del organismo político, sino de la prensa, de la opinión, de la cultura, a veces has/a de los representantes de lo espiritual, para dictar las voluntades de una clase y modelar incluso las aspiraciones de las masas a imagen de las suyas, al mismo tiempo que les negaban los medios para realizarlas (.) En su carta leo, señor, palabras muy duras contra la corrupción en que estamos sumergidos. También en esto me temo que usted no reconozca el mal sino como un mal externo, el atasco de un engranaje en buenas condiciones. No le quitemos importancia al problema: se trata del dominio, sobre una estructura democrática desfalleciente, de una estructura capitalista inaceptable. No se trata de purificar, sino de rehacer, desde las raíces, valerosamente, todas las estructuras sociales (y por añadidura, el corazón del hombre, pero esto es cosa aparte)". Valía la pena reproducir un texto un poco largo porque parece escrito hoy.

Lo espiritual y lo político.

El acontecimiento no está donde generalmente lo situamos, y tenemos que descifrar los signos medio falseados que nos entrega la actualidad. Son las situaciones habituales las que manifiestan el desorden establecido, en tanto que son los hombres, las obras y los valores "no señalados por ningún estallido", los que preparan los renacimientos. Para Mounier, el acontecimiento lleva la llamada del otro, el sufrimiento y la esperanza del otro. Y obliga a la persona a desapegarse de sí misma, a rebasarse, a comulgar.

Sin embargo, nunca cederá al colectivismo de la acción y del pensamiento, ni tampoco se adherirá a las interpretaciones globales de la historia. Esto queda claro: no hay acontecimiento sino para una persona o una comunidad personalizada; sólo sucede algo a aquellos que existen (y es la existencia misma la que reclama y consagra el acontecimiento) no hay drama, como no hay historia más que para una conciencia singular. Pero, un hombre no alcanza su madurez hasta que no asume fidelidades que valen más que su vida.

El cristianismo de los fuertes.

No hay un Mouníer cristiano junto al filósofo o al político. Su fe es lo que le fundamenta, su fe es su origen y su horizonte, su alfa y su omega. Pero, hay que saber dar razón de lo que creemos. "Cuanto más audazmente se compromete el cristiano, más se impone a él el deber de vigilar y de mantener el rigor de su cristianismo."

Para Mounier ha sido la burguesía la que ha "desvirilízado" el cristianismo. "Hoy no se puede ser totalmente cristiano sin ser un rebelde" (1934). Ser revolucionario implica inmediatamente un trabajo continuo de despojamiento de los ídolos.

La revolución la han de asumir todos y cada uno de los hombres. Ser revolucionario no es ser un gran hombre, es poner simplemente el empeño, la formación y la honradez en manos de la lucha por la verdad, y desde allí organizarse. El verdadero hombre extraordinario es el verdadero hombre ordinario.

Hay que hacer del cristiano un ser robusto, valeroso, que afronta el mundo y crea algo nuevo, en vez de "consolar a las retaguardias".

Libra una batalla especial contra el pacifismo de la blandura y del abandono, sin cesar de repetir que la paz es el privilegio de los fuertes, de los que primeramente han superado el miedo y quieren concretamente la justicia. La revolución exterior implica la interior: hacer la justicia por amor. A esto llama Mounier revolución espiritual.

Contra el falso espiritualismo afirma que el cristiano que habla con desprecio del cuerpo y de la materia, lo hace contra el núcleo de su tradición. Olvida que el cuerpo es templo vivo del Espíritu.

La resurrección de los cuerpos es la resurrección del hombre total. De ahí que no puede decirse cristiano quien no luche por la resurrección de los cuerpos, esto es, por la resurrección de las condiciones de vida de quienes no pueden vivir.

El puesto de un cristiano.

Este antiespiritualismo exige un espiritualismo verdadero, que tras la denuncia del desorden busque el orden por su testimonio revolucionario. No puede realizar su espíritu quien abandona los problemas temporales de la carne. No puede amarse a Dios si no se ama al prójimo, y éste es prójimo en tanto es hermano. Para el hermano se busca lo mejor, lo que se quiere para uno mismo.

"El tiempo espiritual no es un florecimiento feliz y espontáneo. No palpita ni en la categoría de la felicidad ni en la del progreso. Está hecho de saltos violentos, de crisis y de noches que son interrumpidas por escasos momentos de plenitud y de paz. (..). En el límite, el místico dirá: a la plenitud del todo por la prueba de la nada" (1944). Está aquí presente lo mejor de la mística española: "Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada".

Así quedan fundadas las condiciones de la opción política. Hay una inspiración cristiana, pero no hay línea cristiana porque de la fe no se puede deducir un sentido predeterminado de la historia. El creyente debe "sufrir la medida común", buscar, inventar, actuar con los demás.

Dirá que es socialista porque es cristiano; pero nunca dirá que es socialista cristiano; y se guarda muy bien de gravar el cristianismo con una opción política. "El hecho de que se pueda (sin impostura) poner el nombre de cristiana a tanta determinación política contradictoria, demuestra suficientemente que, si el cristianismo impone un espíritu en política, no impone una política" (1948).

"Lo temporal es, por entero, el sacramento del Reino de Dios". Por eso debe ser reconstruido. Por eso es necesario marchar junto con quienes construyen la ciudad nueva.

Este mundo es lento en venir. "El cristianismo no está amenazado de herejía: va no apasiona lo bastante para eso. Está amenazado de una especie de apostasía silenciosa, hecha de la indiferencia circundante y de su propia distracción. (..) se aproxima (..) la muerte de la cristiandad occidental, feudal y burguesa. Mañana, o pasado mañana, una cristiandad nueva nacerá de nuevos estratos sociales y de injertos extraeuropeos. Aún es necesario que no la ahoguemos con el cadáver de la otra" (1947).

Su precepto capital era: "El objetivo final de la inteligencia es la comunión". Nadie le pudo hacer renunciar a él.

E. Mounier ha tenido, como ningún otro de los que supo reunir a su alrededor, el sentido pluri-dimensional del tema de la persona. Pero lo más cautivador de su persona es la unión de la virtud del enfrentamiento, y la generosidad del corazón; esa sutil alianza de una bella virtud ética con una bella virtud poética, que hacía de él un hombre a la vez irreductible y ofrecido.

Antonio Calvo.

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